Documental: España dividida, la guerra civil en color

Es 19 de mayo de 1939 y los ejércitos del general Francisco Franco desfilan por el centro de Madrid. Los vencedores de la guerra celebran su triunfo con un despliegue que por cinco horas en el Paseo de la Castellana, por mientras llamado Avenida del Generalísimo, que incluye artillería pesada, carros de combate y 120 mil soldados.

En el otro lado de la batalla, la España derrotada que defendió la república, marcha hacia el exilio por la frontera francesa, con medio millón de personas que abandona su país sin saber cuál será su destino.

La mayoría acabará en campos de refugiados con condiciones deplorables, situación que hace que muchos de ellos jamás vuelvan a la Península Ibérica.

Es el final de tres años de guerra civil en los que el país ha sido el escenario del más terrible enfrentamiento entre españoles, con 100 mil combatientes muertos en el frente y 200 mil civiles asesinados en la retaguardia, mpas una cifra indeterminada en los ataques a pueblos y ciudades.

Es escritor francés Antoine de Saint Exupery, dijo alguna vez que una guerra civil es una enfermedad porque el enemigo está adentro.

Las raíces de este conflicto comienzan en los inicios del siglo XX, donde España es uno de los países más atrasados de Europa, la mayor parte de la población vive del campo. En el sur y centro la tierra está en manos de unos pocos propietarios y los campesinos que trabajan esos latifundios subsisten con dificultades y penurias.

Sólo Cataluña y el País Vasco están industrializados por lo que se produce una gran emigración hacia esos sectores desde el campo, buscando una mejor situación.

En esa época el rey de España es Alfonso XIII, quien vive de espaldas a la realidad del pueblo y su reinado se basa en un régimen parlamentario establecido con elecciones falseadas. La mayoría de los gobernantes son grandes terratenientes o integrantes de la alta burguesía, mientras que la iglesia católica se transforma en otro puntal de la monarquía ya que el alto clero se une al apoyo a las clases dominantes.

El ejército apoya el rey y el militar del momento es conservador, considerándose por encima de todo la salvaguardia de la patria.

En las calles el movimiento obrero crece día a día a pesar de la represión, con una parte de los trabajadores que se suma a partidos y sindicatos socialistes, mientras que otro sector muy numeroso hace suyo el lema de los anarquistas, “ni dios, ni Estado, ni patrón”.

La pequeña burguesía ve en la república la única opción de reforma y progreso, mientras en zonas como Cataluña y el País Vasco, el descontento con el régimen da alas al regionalismo y el separatismo. Ante esa realidad se instala la idea de que el sistema necesita un cirujano de hierro.

En 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera da un golpe de estado e implanta una dictadura que no tiene mucha oposición y tiene la venia del rey Alfonso XIII.

Al otro lado del mediterráneo se genera un momento de gloria del militar en 1925, cuando en el protectorado de Marruecos el ejército español logra aplastar a los guerrilleros anticoloniales, victoria que entrega prestigio a los llamados africanists, militares que se han formado en la guerra colonial.

Entre ellos destaca un coronel de 33 años que por su acción en combate se convertirá en el general más joven de Europa, su nombre aparecerá pronto en los libros de historia, se llama Francisco Franco.

La dictadura no obtiene más triunfos destacables, la gestión económica es desastroza, crece la oposición, Primo de Rivera pierde apoyo y en 1930 dimite, siendo su caída un golpe definitivo para la monarquía de Alfonso XIII.

El 12 de abril de 1931 se celebran elecciones municipales y los partidos republicanos ganan en la mayoría de las ciudades. Dos días después los vencedores proclaman la república, generando el entusiasmo de sus adeptos. La gente canta la marsellesa como himno de la libertad y en las calles se enarbola la bandera tricolor.

El rey no tiene apoyo y decide partir al exilio, con un mensaje que señala que “quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro, en fratricida guerra civil”.

El nuevo régimen arranca con una coalición de republicanos y de izquierda moderada. El presidente de la república es el conservador Niceto Alcalá Zamora, pero el hombre fuerte del gobierno es el líder de centro izquierda, Manuel Azaña.

Los nuevos gobernantes son más reformistas que revolucionarios, siendo su reto modernizar España en el menor tiempo posible y para esto proyectas una reforma agraria, mejoras en las condiciones de los trabajadores, la separación de iglesia y Estado, la extensión de la educación laica, la restructuración del Ejército y un estatuto de autonomía para Cataluña.

Estas medidas son mucho más de lo que puede aceptar la España tradicional y la oposición monárquica y católica clama contra los republicanos. Los anarcosindicalistas de la CNT y la FAI se impacientan por el lento ritmo de la reforma agraria. Se suceden las huelgas, las ocupaciones de fincas y la quema de iglesias.

El gobierno de Azaña sólo dura dos años y en noviembre de 1933 se celebran nuevos comicios, siendo la primera vez que voten las mujeres. Las elecciones dan la victoria a la centroderecha liderada por el viejo republicano Alejandro Lerroux. El nuevo gobierno suspende la mayoría de los proyectos del anterior bienio y la izquierda cree que la república ha sido traicionada.

En 1934 los socialistas convocan a una huelga general revolucionaria y en Madrid se producen tiroteos, siendo sofocado rapidamente el movimiento. En Cataluña el gobierno autonómico proclama el estado catalán, pero el pronunciamiento fracasa y el presidente Luis Companys y sus consejeros terminan en la cárcel.

En Asturias miles de mineros armados atacan iglesias y puestos de la guardia civil. Asaltan fábricas de armas y ocupan el centro de Oviedo. El gobierno manda al Ejército a sofocar la insurrección, siendo Francisco Franco quien dirige una represión sangrienta con tropas coloniales, situación que dura 15 días. Mueren casi dos mil personas entre sindicalistas y soldados, más de 30 mil son encarceladas. La izquierda está resentida y la derecha indignada.

Octubre de 1934 marcará un punto de no retorno. En ese ambiente de tensión se convocan las elecciones de febrero de 1936, donde la izquierda de une en el llamado Frente Popular. La derecha se presenta como garante de la religión, la familia, el orden y la prosperidad.

El líder católico José María Gil Robles, utiliza una estética que recuerda el fascismo italiano, pero el auténtico partido fascista es la falange española, fundada por José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador. Por ahora la falange es un grupo minoritario que luego tendría un papel fundamental.

El 16 de febrero de 1936, el Frente Popular gana las elecciones por un estrecho margen y en gran medida gracias al voto de los anarquistas. En las primeras horas militantes izquierdistas abren espontáneamente las cárceles para liberar a los detenidos de la revolución de 1934. La derecha está horrorizada.

La violencia crece en las calles, pistoleros de Falange se enfrentan a grupos de la izquierda obrera. Entre abril y julio de 1936, cerca de 100 militantes de ambos bandos mueren en atentados. Los políticos contribuyen con sus discursos al clima de preguerra. El socialista Largo Caballero afirma que la clase obrera debe adueñarse del poder político, hay que ir a la revolución.

Mientras el gobierno del Frente Popular trata de recuperar las reformas de 1931, la derecha ya ha renunciado a lograr el poder en las urnas. El líder de la derecha monárquica sentencia: “sería loco el militar que no estuviera dispuesto a sublevarse en contra de la anarquía, si esta se produjera”.

En despachos y cuarteles crece el clima de complot, mientras el gobierno trata de impedirlo, alejando de Madrid a los militares sospechosos. Emilio Mola, líder de la conspiración, manda instrucciones secretas a los conjurados afirmando que el movimiento debe ser simultáneo en todas las guarniciones comprometidas y desde luego de una gran violencia. Las vacilaciones no conducen más que al fracaso. Desde Canarias, Franco aún duda en sumarse a la conjura.

El 12 de julio de 1936, pistoleros de extrema derecha asesinan a José Castillo, teniente de las fuerzas de seguridad, conocido por su militancia de izquierda. Sus compañeros no esperan la acción de la justicia para vengarse y apenas un día más tarde sacan de su casa al líder de la oposición monárquica, José Calvo Sotelo, y le matan de un tiro en la cabeza.

Este asesinato será el detonante que acabará con las dudas y provocará la unidad de todos los grupos que quieren la caída del Frente Popular, sean monárquicos, falangistas, o católicos de derecha. El complot se consolida.

Mola fija el 18 de julio para el levantamiento, que comenzará en África y seguirá en la península. Franco finalmente decide apoyar. Pero la conspiración es descubierta y el golpe se adelanta a la tarde del 17 de julio.

El llamado alzamiento empieza en Melilla, la ciudad más importante de la colonia. Los oficiales rebeles, aprovechan el efecto sorpresa y neutralizan todo intento de resistencia. El mismo día caen Tetuan y Ceuta, sin que se dispare una sola bala. Al día siguiente, el 18 de julio, Franco vuela a Marruecos para ponerse al frente del Ejército de África.

Mientras, en Madrid reina el caos en el gobierno republicano, que se niega a aceptar la gravedad del levantamiento. Santiago Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros, se había resistido a admitir el peligro de golpe hasta que le estalló en la cara. Incluso se había atrevido a bromear afirmando que “si el Ejército se levanta, yo me voy a dormir”.

Los sindicatos piden que se repartan armas entre la población para frenar la insurrección, el gobierno se niega. Las milicias logran burlar en parte la prohibición, ayudados entre otros por el capitán retirado Urbano Orad de la Torre, que explica “me puse a repartir los fusiles entre los que mostraban un carnet de izquierdas, no sabía a quien los entregaba, podrían ser bandidos o asesinos, pero en aquel momento había que armar al pueblo”.

Ese 18 de julio el alzamiento se extiende a la península. En Sevilla, con rapidez y contundencia los oficiales ocupan los principales edificios públicos de la ciudad. La toma de esta ciudad será de gran importancia estratégica para poder conectar con las tropas de África.

La mayoría de los oficiales de la Armada apoya el golpe, pero en el Ministerio de la Marina en Madrid, un radiotelegrafista intercepta por casualidad un mensaje de Franco a los militares sublevados en África, alertando al gobierno. Los oficiales golpistas son neutralizados por la acción de las tripulaciones y la República logra mantener el control de la mayor parte de la flota.

El revés obliga a Franco a pedir ayuda a la aviación alemana para poder trasladar al ejército de África, en un operativo sin precedentes que es clave para los sublevados ya que sin el puente aéreo, el alzamiento se podría haber visto frustrado.

Todos los golpistas son conscientes de la importancia de lograr la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista, pero será Franco el más obstinado en pedirla, convirtiéndole en el referente más fiable de Hitler y Mussolini.

Superado por los acontecimientos, Casares Quiroga dimite a la presidencia de la república y el líder izquierdista Azaña nombra al líder moderado Diego Martínez Barrio en su puesto, con la misión de formar un gobierno de unidad y buscar un posible acuerdo de paz con los sublevados.

Martínez Barrio lo intenta pero al ver que el acuerdo es imposible, dimite a las 12 horas de haber sido nombrado. Como medida de emergencia, Azaña nombra a su fiel colaborador José Giral, quien forma un gobierno de republicanos moderados y toma tres decisiones clave: reparte armas a los obreros, pide ayuda militar a Francia y disuelve el Ejército en el cual ya no se puede confiar.

La mañana del 19 de julio el general Emilio Mola se subleva en Pamplona, donde la mayoría de la gente sigue al Carlismo, un movimiento monárquico tradicionalista y ultracatólico. Su sección paramilitar, el Requeté, se pone a disposición. En Burgos, enclave nacionalista, se establece la dirección del golpismo.

En Madrid, un grupo de oficiales rebeldes se amotina en el Cuartel de la Montaña, al oeste de la ciudad. El General golpista Joaquín Fanjul, en lugar de distribuir las tropas por la capital, ordena atrincherarse quedando inmediatamente sitiado.

Ese mismo 19 de julio, en Barcelona milicianos anarquistas de la CNT comienzan a montar barricadas en las calles y se enfrentan a los militares que se han alzado en la capital catalana, quienes tratan de ocupar el centro de la ciudad, avanzando desde los cuarteles de las afueras. El gobierno catalán se ha negado a darles armas, pero las milicias asaltan cuarteles y buques, consiguiéndolas por su cuenta.

La defensa de la República en Barcelona es espontánea y los sublevados de la ciudad se rinden en las primeras horas del 20 de julio. Este fracaso conlleva la detención y encarcelamiento en el buque prisión Uruguay de uno de los líderes rebeldes, el general Manuel Godet, quien tras ser juzgado es fusilado.

Las calles de Barcelona se llenan de euforia con la victoria y los sindicatos se toman el poder durante los primeros 10 meses de guerra, por encima de la Generalitat republicana. Vencido el enemigo en Cataluña, columnas de milicianos parten hacia el frente de Aragón, cargando armamento de dudosa calidad, en camiones blindados artesanalmente. Ni siquiera se preocuparon de asegurar los abastecimientos mínimos.

Las columnas de la CNT y la FAI ocupan la franja oriental de Aragón y en el campo implantan el comunismo libertario. Más que por ganar la guerra, lucharán por la revolución social.

Los milicianos avanzan en Aragón hasta que son frenados en Zaragoza, defendida por militares rebeldes y tropas de requetés llegados desde Navarra. Tampoco logran ocupar Huesca y Teruel. No les armas y desde Madrid los comunistas acusan a la CNT y la FAI, de incompetencia militar y de falta de disciplina. Los conflictos con los militares recrudecen y ese frente continuará en armas por un año.

La mayoría de las fuerzas aéreas han permanecido fieles a la República, pero hasta la llegada de los aviones rusos, no dispondrán de aparatos modernos.

En Madrid, al mediodía del 20 de julio el Cuartel de la Montaña, cae en manos republicanas en medio de la confusión. De los 145 oficiales que habían en el recinto militar murieron 98.

El mismo 20 de julio, muere en un accidente aéreo en la ciudad portuguesa de Estoril, el general José Sanjurjo, quien estaba destinado a liderar el alzamiento militar. Tras una reunión en Burgos, los rebeldes deciden conquistar Madrid enviando columnas a las sierras que rodean la ciudad. A los pocos días se quedan sin munición.

En golpe fracasa en su intento de derribar al gobierno por la vía rápida, fracasando el elemento sorpresa y la violencia exigida por el general Mola. En el otro lado, la República tampoco logra controlar a los rebeldes y ambos bandos asumen que el golpe de estado se convirtió en una guerra civil.

Los republicanos dominan dos tercios de España, incluyendo centros industriales como Bilbao, Madrid, Barcelona y Valencia. Pero los sublevados disponen de mejores tropas, incluyendo los 40 mil soldados del ejército de África, quienes tienen gran experiencia en combate. En los republicanos hay desorden en sus nacientes milicias.

Los rebeldes ganan el apoyo de Hitler y Mussolini gracias a Franco y la república no obtiene las armas que pidió a Francia. Londres teme una España dominada por el comunismo, en manos de Stalin, quien no tiene intención de dominar el país.

El miedo a un conflicto general en toda Europa se impone, la Primera Guerra Mundial está demasiado cerca y en Londres se crea el Comité de No Intervención, que determina que los gobiernos europeos bloquearán el suministro de armas a los bloques contendientes en España.

Para muchos el Comité fue la sentencia de muerte para la República, ya que Hitler y Mussolini incumplieron sistemáticamente el bloqueo, enviando armas a los dirigidos por Franco.

En medio del avance de los rebeldes, en agosto ocupan Mérida y dos días después llegan a Badajoz, episodio especialmente sangriento, donde por ejemplo se produjo la matanza de más de mil republicanos en la plaza de toros.

Por el norte el general Mola envía las tropas apoyadas por los requetés a la conquista de Irun, mientras los republicanos ordenan la evacuación de la población hacia Francia, en la previa a los combates. Serán los primeros exiliados del conflicto.

El 5 de septiembre los militares conquistas Irún, llevándose la sorpresa que los republicanos han incendiado gran parte de la ciudad. Las tropas de Mola entran luego en San Sebastián, sin mucha resistencia.

Al mismo tiempo el general Franco trata de romper el bloqueo del Estrecho de Gibraltar, teniendo la oportunidad cuando buena parte de la flota republicana va hacia el Mar Cantábrico para apoyar a la resistencia del norte. Se organiza un convoy con dos mil soldados y gran cantidad de munición y artillería. Tras ganar el combate a dos buques republicanos, los rebeldes logran cruzar el Estrecho.

Estando a sólo noventa kilómetros de Madrid, Franco sorpresivamente se desvía hacia Toledo, donde una fortificación de los insurrectos está sitiada por republicanos. El dictador español logra una victoria poco trascendente en lo global, pero alza su figura entre los sublevados. El 30 de septiembre de 1936 nombran a Francisco Franco generalísimo del Ejército sublevado y líder del nuevo estado.

En Madrid cae el gobierno de Giral ante la presión de milicias y sindicatos de izquierda, siendo sustituido por Largo Caballero, apodado como el Lenin español. Él busca ordenar las tropas creando el Ejército Popular, con militares profesionales y milicias sindicales. Al mismo tiempo se incorporan oficiales y asesores soviéticos, y en octubre de 1936, las llamadas brigadas internacionales, voluntarios extranjeros que llegan a España para combatir el fascismo. Su importancia en la guerra será más moral que efectiva.

En esos meses comienza a llegar armamento soviético ante la falta de apoyo de las democracias liberales.

La mezcla desordenada de poderes en el bando republicano favorece la persecución contra el bando enemigo. Patrullas de milicianos asesinan a militantes de derecha, patronos, sacerdotes, a quienes se les ejecutaba sin juicio.

Al frente los sublevados llevan una operación de limpieza política y social, donde caen desde dirigentes republicanos a simples simpatizantes de la izquierda. Estos asesinatos son llevados a cabos por grupos falangistas y requetés.

Durante la guerra civil, cerca de 200 mil personas son asesinadas en los campos de batalla, 50 mil en la zona republicana y 150 mil en la zona sublevada. Entre estos fallecidos estuvo el poeta Federico García Lorca y el líder de la falange, José Antonio Primo de Rivera.

Franco ordena el asalto a Madrid y obliga a que en noviembre el gobierno republicano se instale en Valencia, quedando la capital liderada por una junta de defensa liderada por el general conservador José Miaja.

Para minar la moral republicana, el general Mola asegura que hay cuatro columnas avanzando hacia Madrid, más una quinta columna, oculta en la ciudad, formada por partidarios de los sublevados, situación que desata una cacería de brujas y una ola de desconfianza en la metrópoli. El 8 de noviembre comenzaría el asalto a Madrid.

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