Cuento: Las guerras y el Coronel

Desde la página de rescate de la memoria de internet archives.org les traemos un cuento publicado en la sección “Chile con Carne” de una página creada en el año 1996, cuyo autor no se identifica pero explica que es una historia de ficción.

El coronel

“A mí nadie me consultó si quería nacer o no”. No sé por qué razón nos habíamos puesto a hablar del tema de Dios. Se notaba que a Galaz (52) le gustaba dejar en claro su ateísmo. Fue la primera vez que lo visité en su pequeña oficina del centro. Su pasado militar se notaba en su aspecto marcial y en el decorado: tenía colgadas en el muro dos panoplias y un fusil Winchester del siglo pasado, según me explicó había sido usado en la Guerra del Pacífico. Apuntó por la ventana del séptimo piso a la masa de transeúntes que iban y venían por la calle Huérfanos. Era la una de la tarde, habíamos quedado de ir juntos a un restaurante. “Todavía funciona”, aseveró.

Después que lo colgó de vuelta argumentó que podíamos hablar horas sobre creer o no creer en Dios, pero en definitiva era sólo el poder de las armas el que determinaba la Historia de la Humanidad. Ese era su tema preferido, aunque nunca en su vida había sido un soldado de verdad. Después de su pasada por la Escuela Militar había ingresado a estudiar derecho en la Universidad de Chile, donde se tituló de abogado. Como miembro de la Fiscalía Militar había tenido grado.

Una serie de acontecimientos en la vida de Galaz eran oscuros, sus opiniones hacían que uno olvidara esos detalles. La conversación con él era amena y cordial. Me confesó que después de haber estado a punto de morir su visión del mundo había cambiado por completo. Se abrió la camisa, me mostró una enorme cicatriz en la barriga. A comienzos de los setenta un sospechoso le había disparado durante un interrogatorio. Del cajón del escritorio sacó una carpeta con recortes de diarios. Los tenía archivados por fechas. Era ordenado y pulcro, sin los adornos militares había que destacar la sobriedad de su despacho. Me mostró su foto en los periódicos amarillentos. Los titulares mencionaban su nombre. Se había salvado de milagro. Entonces dejó de creer en Dios. Claro que fue una confirmación, lo había sospechado desde niño. “Después de esta vida no hay nada”.

Era el menor de tres hermanos. Se había criado en el sur. Su padre, un general sobrio y estricto, estaba asignado en ese tiempo a un regimiento cerca de Valdivia. De él había heredado la mentalidad militar y admiración por la tradición prusiana. Desde pequeño había aprendido junto a sus hermanos, canciones de guerra nazis que cantaban con su padre. Así pudo hablar alemán muy joven. Sabía tocar en el piano varias marchas. tenía viejos discos originales y grabaciones de la Segunda Guerra Mundial.

La parte jodida de esta vena militarista paterna era lo estricto de la enseñanza, la familia era un pelotón de infantería. El padre les tenía diseñados diversos tipos y grados de castigos, de los cuales el más comentado por Galaz era la “straf-stoel” (silla de castigo), donde tenían que permanecer sentados después de una paliza, incomunicados durante horas. La mano dura ejercida en lugar de corregir la conducta, hizo que la maldad natural de los hermanos se desarrollara en una espiral ascendente. Galaz se inició a los cuatro años reventando pollitos recién nacidos en casa de un oficial muy importante.

Entre los cinco y seis años se especializó en el ajusticiamiento de gatos. Uno a uno fueron cayendo todos los gatos de las familias de los oficiales del regimiento. Las misteriosas desapariciones alertaron incluso al jefe de la comandancia, cuyo gato fue el último en ser ahorcado y descuartizado, “para no dejar huellas”, le decían sus hermanos, que lo habían designado verdugo oficial. Galaz cometió el error de guardar las cabezas, fueron encontradas por la empleada que hacía la limpieza.

De ahí para adelante tenía una lista interminable de anécdotas, se deleitaba contando sus maldades infantiles. Como aquella vez del kilo de azœcar en el estanque de la bencina del auto del jefe de logística del Estado Mayor. O la mano del muerto que cortaron en el cementerio para ponérselo en la cartera a la profesora de piano. Las incursiones de los hermanos a escarbar en la foza comœn del cementerio se prolongaron hasta la adolescencia. de aquellas jornadas conservaba una calavera. Habían encontrado la cabeza medio podrida y se la llevaron a la mamá. El la convenció que la cociera hasta que quedara el puro hueso. Por ser el menor era el que ella más adoraba. La madre siempre lo defendía, en la medida de lo posible. Galaz la recordaba con ternura. A través de ella había conseguido aplacar a veces la ira paterna. Ella era profundamente católica y por eso Galaz participaba en las actividades de la iglesia.

Cuando cumplió lo ocho años la familia se trasladó a Santiago. Se instalaron en un barrio de oficiales. Esa casa era formidable. En el techo tenía almenas, simulando un castillo. Desde allí, por la parte de atrás, se podía contemplar el patio de un colegio básico. Durante los recreos se juntaban a jugar los alumnos. Los hermanos habían traído de Valdivia sus magníficas hondas, con las cuales se dedicaron a disparar bolitas de piedra contra los niños del colegio. Se propusieron como misión tirar sólo a las piernas. Para no despertar sospechas decidieron derribar un niño a la semana, en diferentes recreos. Como tras varios atentados no los habían sorprendido, decidieron aumentar a dos las víctimas por semana, justo cuando los profesores alertados por los extraños accidentes, habían acordado vigilar los techos de las casas vecinas. En esa ocasión le tocaba el turno a Galaz. Lo vieron al asomarse detrás de una almena. El profesor que lo pilló se puso a gritar indignado y eso provocó que los escolares se abalanzaran en masa contra el muro trasero de la casa. Galaz pidió socorro a sus hermanos que acudieron con sus temidas hondas valdivianas. Contaba aquella “batalla final”, como él mismo la definía, con emoción. Por suerte no hubo heridos graves. “Los enemigos” habían lanzado piedras y quebraron los vidrios de varias ventanas. Al final intervino una pareja de carabineros alertados por el director del colegio. En la casa había una empleada, que cuando los padres se ausentaban dejándola sola con ellos, como fue el caso en esta ocasión, se encerraba con llave en su pieza, atemorizada por sus travesuras.

Galaz no solamente hablaba de su infancia. Había otro tema que lo apasionaba. Sobre el escritorio de su oficina tenía una foto enmarcada. Eran tres oficiales inclinados sobre un mapa. “Zhukov, Vasilevsky y Voronov”. Señaló cada uno con el índice. La foto había sido tomada el 19 de noviembre de 1942, horas antes que se lanzara la ofensiva soviética contra el Sexto Ejército alemán que cercaba Stalingrado. En un movimiento de pinzas, obra maestra de la táctica militar contemporánea, habían cortado las vías de abastecimiento de casi 250.000 soldados y la posibilidad de que éstos fueran asistidos por refuerzos. Así empezó la “bolsa de Stalingrado”. Galaz recitó de memoria un par de versos del poema de Neruda y prosiguió. El Mariscal General Paulus combatió siete semanas al cabo de las cuales se rindió con su Estado Mayor de 23 generales y los 90.000 soldados que le quedaban. El mismo murió de tifus en un campo. Del Sexto Ejército volvieron del cautiverio 2.800 hombres. mientras Paulus firmaba la rendición, Hitler celebraba un desfile multitudinario en Berlín, celebrando la valentía germana. Cuando sus generales le sugirieron que tenía que dar vuelta los cañones y en lugar de apuntar a Stalingrado, apuntar a la retaguardia, se enfureció, los alemanes no retrocedían.

En la batalla de Stalingrado estaban todos los ejemplos de la barbarie y la estupidez humana. Galaz subrayó que si se enseñara con detalle en los colegios los jóvenes tendrían los elementos para construir un muro mejor. Yo le señalé que eso se podría decir de muchas otras batallas o incluso hechos no bélicos donde la barbarie y la estupidez se convertían en una alegoría. Galaz me pidió ejemplos. Propuse el caso de Cristo. Un tipo que por predicar paz y solidaridad fue clavado en una cruz por su propio pueblo. Galaz se rio. En Stalingrado hubo medio millón de Cristos modernos. La cruz era una pata de jaiva comparada con los cañones y los tanques, el Monte del Calvario una feria de diversiones comparado con el frío y la nieve del invierno ruso. En ese caso, repliqué, Hiroshima con cientos de miles de víctimas inocentes había sido mucho más horrible desde cualquier punto de vista. No se podía comparar, sin Stalingrado no hubiese habido Hiroshima, la bomba atómica hubiera sido lanzada sobre Londres. Hiroshima fue un ensayo. La diferencia estaba en que en Stalingrado se decidió el destino de la Humanidad. A mí me pareció que eso se podía decir de cualquier hecho histórico: “si San Martín no hubiera muerto no estaría en la Alameda”. Eso lo consideró un chiste de ignorantes. Lo cierto es que había acontecimientos que cambiaban y determinaban el curso de la Humanidad por mucho tiempo.

El pensaba que había dos hechos que habían determinado la Historia moderna de occidente. Primero que nada la caída de Constantinopla en manos de los turcos en 1490, que marcó el triunfo del cristianismo occidental y capitalista. El segundo hecho era de adivinar: la batalla de Stalingrado, que determinó el fin del nazismo y la posibilidad que dominara el mundo. Ni las noventa guerras que se habían disputado desde entonces hasta la fecha en el mundo, ni el fin del comunismo en los noventa tenían importancia. Tal vez la única importancia histórica del comunismo había sido aplastar al nazismo en Stalingrado. El líder capaz de realizar esta tarea había sido Stalin. Un comunista, hijo de esclavos, salvó a la Humanidad. Me pareció escandaloso decir algo así.

Entonces también era legítimo concluir que el capitalismo, dirigido porla CIA desde Washington era el verdadero salvador que nos había liberado de ambos males, el comunismo y el nazismo. Yo creía que la Historia era mucho más complicada que una visión maniqueísta pasada de moda.

¿Conocía yo la infancia y la juventud de Stalin?, me interpeló. No, en relidad nunca me había interesado. Era el œnico de cuatro hermanos que había sobrevivido y alcanzado la edad de diez años. En ese tiempo había sepo y se azotaba y ahorcaba en la plaza pœblica. El padre compró la libertad de su familia y trató de vivir como zapatero en Tiblisi, pero fracasó y se alcoholizó. La madre los mantenía lavando ropa. Ella lo envió al seminario ortodoxo a estudiar, porque era la única posiblidad de educarlo. Como Stalin se destacaba por sus buenas notas los monjes le dieron una beca. El régimen interno era estricto. Estaba estrictamente prohibido leer cualquier cosa que no fuera la Biblia. los estudiantes rebeldes, entre los que se contaba Stalin, introducían en el seminario las novelas de Víctor Hugo hoja por hoja, para leerlas durante la noche. Sólo podían salir un día cada tres meses del seminario y si los castigaban pasaban un año encerrados.

Interrumpí a Galaz para decirle que había muchos ejemplos de pobres que se habían convertido en líderes y verdugos de pueblos enteros. Hitler mismo venía de la clase obrera. No era cierto, Hitler venía de la clase media, cuando joven había querido ser pintor, hasta que estalló la Primera Guerra. su sueño era vivir de sus acuarelas. y óleos. Contaban que como le iba mal vivía aislado, así es que la guerra lo revivió con la camaradería del ejército. No se lo podía comparar con Stalin, un campesino que luchó desde que nació para sobrevivir.

Yo consideraba que ese era el caso de cualquier ser humano, sin importar su condición, y por extensión de cualquier se vivo. Todos sabíamos que la vida era frágil y cada célula luchaba por sobrevivir. El hecho mismo que las cosas existieran era un milagro.

Galaz me dirigió una sonrisa paternal. Comprendía mi afán humanista e igualitario, pero lamentablemnete había hombres que destacaban y que tomaban las decisiones históricas que sus contemporáneos no se atrevían a tomar.
Yo dudaba que fuera correcto admirar a alguien por el simple hecho de haber dado una orden o firmado una declaración. Además, dónde quedaba la historia de Chile?, nuestra historia? Para qué irse tan lejos para encontrar los héroes y señalar la barbarie? Le dije que los ejemplos había que buscarlos en la Historia propia: el genocidio de los mapuches, por ejemplo. Eso era lo que había que conocer bien. Según él Chile no jugaba ningún papel histórico en el mundo. Lo que ocurría aquí no importaba. Una vez que el Estrecho de Magallanes fue desplazado por el Canal de Panamá Chile dejó de tener cualquier importancia económica internacional. Lo que no significaba que él no estuviera orgulloso de ser chileno. Había sido un honor para él pertenecer a las Fuerzas Armadas, a pesar de los excesos cometidos por Pinochet. Durante el golpe de Estado él estaba recuperándose de la herida. Después lo trasladaron al norte. Ahí le tocó un juicio militar donde hubo dos condenados a muerte. Tuvo que estar presente en la ejecución porque era el fiscal subrogante. El titular se había enfermado de cáncer hacía tiempo y estaba haciéndose exámenes en un hospital de Santiago. Dio la autorización legal para que procediera el fusilamiento.
Recuerdo que tiempo después, en su departamento, me mostró el uniforme que se había puesto en esa ocasión. Lo conservaba intacto. Hablaba con detalle del ritual de la ejecución.

Aunque respetaba su parecer le comenté lo paradójico que me parecía su pasado, en relación a sus opiniones.
Por qué? Su admiración por el Ejército Rojo y Stalin era estrictamente militar. Creía con convicción que mientras la gente sintiera miedo iba a existir la guerra. El miedo era lo más antiguo, el sentimiento inicial. El miedo motivaba a defenderse y así se podía crecer. El desarrollo tecnológico de la civilización era producto de la industria militar. Sin guerras no habrían satélites, ni aviones, para qué hablar de la medicina, las comunicaciones. La primera transmisión de televisión la había organizado Hitler durante los Juegos Olímpicos de 1936. Alegué que lo que él afirmaba era cierto, por eso la civilizacieon me parecía siniestra en muchos aspectos. El considerba que los juicios éticos no servían de nada. En la guerra no había ni buenos ni malos, sino agresores y agredidos, al margen de la justicia ganaba el que combatía mejor. Qué era la guerra? Existía la conocida frase de Clauswitz, él tenía la suya propia. “Acto de violencia para obligar a nuestro oponente a cumplir con nuestro deseo”.

Reconocí en su definición el extremo del pragmatismo. Así cualquier aberración social estaba explicada y justificada a la vez. Un genocidio resultaba ser un trámite.

Galaz consideraba la Historia igual a la Naturaleza, donde imperaba la ley del más fuerte y del más listo. No había ningún momento en la Historia de la Humanidad donde hubiera imperado la Justicia, tal como él suponía que yo me la imaginaba. Al contrario, la cultura había comenzado justamente cuando los fuertes habían dominado a los débiles, para establecer un orden social. Eso no era ni bueno ni malo. Era así y se acabó. En Stalingrado no hubo juicios morales. La fiera cazaba una víctima, los buitres se comían la carroña y los insectos y gusanos deboraban el resto. Listo.

Le comenté que no consideraba la Historia un documental sobre la naturaleza.
Ah, no? Galaz coleccionaba documentales sobre la vida de los animales salvajes y documentales de la segunda Guerra. Después estuve varias veces en su departamento viendo videos. Tenía 35 cintas vhs minucosamente numeradas, con la descripción del contenido. Sus joyas eran una película de propaganda soviética, de comienzos de los cincuenta, sobre la batalla de Stalingrado, y un capítulo dedicado a las avispas y las abejas de la serie “The Living Planet” de la BBC.

Transcurridos unos años pensaba retirarse de la abogacía y dedicarse a la apicultura. Admiraba la organización social de las abejas, era de un racionalismo impecable. La diferencia entre las abejas y los humanos era que nosotros aceptábamos el cambio social y por tanto podíamos prosperar, en cambio la sociedad de las abejas sólo podía cambiar por algún hecho natural ajeno a su comportamiento habitual. Su conclusión era que en el fondo el ser humano era el único animal de conducta imprevisible. Ahí estaba el caso de la pena de nuerte, por ejemplo. A qué especie animal se le iba a ocurrir tal cantidad de formas para eliminar a un congénere. 1.500 años antes de Cristo, En Persia, al juez que dictaba una sentencia equivocada se le desollaba vivo, se ponía su piel en la sala del tribunal y bajo ella tenía que tomar asiento su hijo mayor, que lo seguía en el cargo. Ese nivel de elaboración jurídica era producto de una civilización muy avanzada. La guillotina había sido un avance científico humanista, el doctor Guillotine quería evitar el sufrimiento del ejecutado. En la Edad media, a los condenados a la hoguera se les colgaba un saquito de pólvora al cuello que explotaba antes que murieran por efecto del fuego. Esto era considerado un gesto de caridad.

Me contó que después de la ampolleta, el segundo producto fabricado por la General Electrics había sido la silla eléctrica y que uno de los grandes aportes europeos en Medio Oriente fue la implantación de la horca, consideraban el decapitamiento un acto de barbarie. Un detalle singular de la historia era que la cámara de gas usada en Estados Unidos estaba copiada de la que habían usado los nazis en los campos de exterminio. El modelo individual era diferente, pero el componente químico usado era el mismo. Otro tipo de pena capital había sido también el descuartizamiento que en Europa se aplicaba en casos de magnicidio y que los españoles aplicaron a Tupac Amaru. Y el apaleamiento, donde el condenado era atado a una rueda, el verdugo le rompía los huesos con un garrote, después la rueda era puesta en la punta de un mástil hasta que el condenado moría. O el garrote vil donde al ejecutado se le quebraba la nuca con un tornillete de acero ajustado al cuello. O en China donde las ejecuciones eran masivas, se organizaban en estadios donde podía asistir público. Los condenados eran llevados en camiones descubiertos con letreros colgados al cuello, ahí estaba escrito el delito.

Galaz rememoró su participación en el fusilamiento. El se había ajustado a las leyes del Código Militar, donde se describía hasta el œltimo detalle, la forma en que debía llevarse a cabo la ejecución. Los condenados eran dos cabos de carabineros que había participado en varias violaciones, varias de las cuales habían terminado en homicidio. Galaz no había formado parte del tribunal militar que había dictado sentencia.

Un hecho que recordaba, porque la prensa lo había explotado muchísimo, era que uno de ellos había solicitado clemencia (que fue denegada) y el otro había aceptado la condena sin apelar. A las seis de la mañana en punto el oficial a cargo del pelotón de fusilamiento, desplegado en el patio del cuartel, frente a las autoridades, se presentó ante Galaz que le dio la orden de proceder. El primero estaba listo, con la vista vendada de espaldas al paredón, atado a un pilar para que el cuerpo no cayera al suelo. Con ése no hubo problemas, a las seis cinco el médico constató su muerte. El segundo fue el problemático. Tuvieron que amarrarlo y vendarle los ojos a la fuerza. Rogaba a gritos que no lo mataran. Cuando sintió que todo estaba listo empezó a dar alaridos. Con la descarga los asistentes respiraron aliviados. Pero al acercarse el médico a constatar su muerte el brazo y la pierna izquierda del ejecutado dieron unos espasmos, que se repitieron varias veces, además se percibía que emitía un quejido. el oficial a cargo del pelotón procedió a darle el tiro de gracia. Justo al disparar en la nuca el cuerpo tuvo otro espasmo y la bala se incrustó en el pilar, saltaron astillas, volvió a disparar a corta distancia contra la cabeza del condenado.

Llamaron a la puerta del despacho. Era la secretaria, venía a recordarle que dentro de quince minutos tenía que estar en el juzgado. Nos dimos cuenta que la hora había pasado, el almuerzo lo tendríamos que dejar para otro día. Caminamos por la calle Huérfanos hasta Amunátegui. Nos despedimos, yo no tenía nada que hacer.

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